La casa particular
Luis Fernández-Galiano

Arquitectura Viva N.60


La casa particular es general. Lo resume con ironía leve la canción infantil: «el patio de mi casa es particular; cuando llueve se moja como los demás.» Sometido a los rigores de lo universal, el reducto singular de la casa se pliega al clima lo mismo que a la técnica, los hábitos o las modas: en ese espacio privado reverbera lo público. Se piensa que la casa, albergue de sueños individuales y fantasmas familiares, pertenece al ámbito de la psicología; pero su condición estadística la localiza también en el dominio coral de lo sociológico. No hay expresión mejor de su dimensión colectiva que el adusto apelativo ‘vivienda unifamiliar’, un abrupto zoom semántico de lo genérico a lo específico que es casi un retrato de la sociedad actual.

Y no, la casa particular tampoco es especial. Fingimos creer que es un laboratorio de arquitectura, pero los experimentos con frecuencia se reducen al campo de la plástica: pocas veces se exploran innovaciones materiales o formas diferentes de habitar. Al final, la inercia acorazada de la costumbre se impone al burbujeo propositivo de la imaginación; si el habitar es hábito, la rutina teje la urdimbre previsible y plácida de la casa común: común porque a todos acoge y común porque su trama es corriente a fuer de conocida. En la casa particular no hay mucha incertidumbre; la emoción se fatiga en los detalles, y el relato camina hacia el esperable desenlace: quizá porque, al cabo y a la postre, esta casa no tiene nada de particular.

En otros momentos, la casa moderna ha sido una aspiración popular y el símbolo de una vida confortable, desembarazada de ritos y liturgias añejas. Hoy es una fracción de la demanda inmobiliaria, más una seña de identidad que de estatus, y apenas una marca estilística en un universo abigarrado de signos. Los arquitectos más jóvenes persiguen el espíritu de los tiempos en las construcciones virtuales del mundo digital o en el paisaje artificial del territorio hipermoderno, pero su búsqueda sólo delimita un ámbito estético que se suma al centón de propuestas del fracturado panorama de la creación contemporánea. Aunque no inventan el futuro, se crean en él un nicho ecológico; son, a fin de cuentas, un caso particular.

Es posible que la casa particular no sea extraordinaria; y es seguro que posee carácter universal. Ninguna experiencia lo manifiesta con tan generosa elocuencia como las llamadas casas de rifa de Montevideo, proyectadas por estudiantes de arquitectura uruguayos y sorteadas en una lotería que financia su viaje de un año alrededor del mundo. Por un lado, las casas reflejan el momento puntual del debate crítico; por otro, facilitan un nomadeo planetario en busca de las fuentes cosmopolitas de lo general. Mientras permanecen detenidas en el instante de su génesis, estimulando en torno suyo el movimiento aleatorio, estas casas particulares y universales suministran la mejor imagen del azar de la época y la necesidad del mundo.


La explosión domiciliaria
Luis Fernández-Galiano

Arquitectura Viva N.102

Vivimos tiempos explosivos. Por un lado, el boom residencial ha adquirido un protagonismo económico y territorial sin precedentes: la burbuja inmobiliaria es el motor del crecimiento, y el desarrollo informe de la construcción el principal rasgo de la urbanización contemporánea. Por otro, la detonación agresiva es el arma esencial de los contendientes en el conflicto medular de nuestra época: los mártires palestinos se hacen bombas humanas, y el ejército israelí emplea la demolición con dinamita de viviendas como instrumento de intimidación. La explosión domiciliaria es a la vez la multiplicación incontrolada del tejido residencial en Occidente y su destrucción controlada en la línea de fractura con el otro musulmán. En Zabriskie Point, Antonioni mostraba a cámara lenta la explosión de una casa en una esfera expansiva de fragmentos: un símbolo simultáneo de la burbuja urbanística que escombra los paisajes y de la demolición punitiva que desventra las viviendas.

Queremos pensar en la casa como un nido tibio, tejido en torno nuestro para protegernos como el capullo a la crisálida, y en el cual entregarse sin peligro al placer de los sentidos: encerrados con un solo juguete, o enclaustrados en un recinto íntimo abigarrado de objetos familiares. Así, ensayamos un orden arbitrario que agrupa nuestras casas de autor en torno a la convención de los órganos perceptivos: la mirada luminosa de horizontes y bombillas, el oído atento al tráfico o al timbrazo, el perfume leve del aire en movimiento, los sabores mixtos del alimento y el frío, el tacto en la penumbra del material o el lecho. Sin embargo, esta enumeración de los sentidos se drena de significado cuando la exponemos a la intemperie de la repetición o el riesgo, y tanto la anomia del crecimiento en mancha de aceite como la inseguridad física de la habitación fronteriza dibujan un paisaje desolado y desalmado, que se construye en torno al hueco sonoro del vacío espiritual.

Casas con sentido y devastación consentida: tal parece ser el panorama oximorónico de la ciudad actual. Fingimos vivir mientras sobrevivimos, y nuestra incapacidad para conformar el territorio es similar a nuestro fracaso en la conciliación del conflicto. Suspensos en geografía y suspensos en historia, los habitantes de este planeta frágil preferimos ignorar las grietas que craquelan su piel lacerada mientras nos sumergimos en el láudano narcótico del domicilio ensimismado. Pero la belleza mórbida de la casa deviene obscena cuando se blinda frente al estrépito del mundo, cerrando los ojos a la violencia, haciendo oídos sordos al agravio, negándose a husmear el rastro del abuso, soslayando el sabor persistente del dolor y huyendo del contacto abrasivo con la miseria. La casa de diseño excava un nicho autista en el espacio y en el tiempo, un escenario efímero y amable de la vida cotidiana momentáneamente suspendida: un oasis privado en el desierto público.


La casa amniótica
Luis Fernández-Galiano

Arquitectura Viva N.107


La casa global es la casa amniótica. Flotamos con los ojos cerrados en el líquido salino de la intimidad para protegernos del fragor del mundo, y el proyecto doméstico se perfila como obra del aislamiento ensimismado. Hemos buscado casas en los cinco continentes, y el resultado final de esa exploración planetaria no es tanto un catálogo de materiales y de hábitos —en línea con la antropología resistente del regionalismo climático— como la constatación esperable de que la casa es un laboratorio universal de experimentos técnicos y estéticos. Sin embargo, la variedad amable de figuraciones y ensayos no acierta a ocultar la unidad esencial de este tipo residencial, enhebrado por el blindaje familiar y la expresión individual. Introvertida y singular, la casa del globo es un vientre narcisista donde paradójicamente se clona la diferencia.

Del refugio espiritual de Ambasz al prototipo material de Yamamoto hay un trayecto temporal y emotivo que la palabra ‘casa’ salva y concilia: entre una morada conceptual imaginada hace más de tres décadas como un éxtasis paisajístico del Barragán nazarí y un albergue de aluminio pensado desde las reglas mecánicas de la producción y el ensamblaje parece abrirse un abismo de formas e intenciones, pero su condición común de objetos exentos y sueños construidos tiende un puente retórico que acorta las distancias y enlaza los caminos del proyecto para delimitar un territorio compartido que es a la vez global y suburbano. La piscina pacífica de la imagen, al borde de un océano unánime, sirve así de emblema irónico del enclaustramiento que se exhibe, escaparate acuoso y pecera habitada de una desurbanidad de diseño.

Fatigados de visitar casas canónicas que resultaron al cabo inhabitables, abrumados tras comprobar que tantas residencias reseñables no son sino superfluos escenarios del ocio, y avergonzados de fingir que todos estos refinados vehículos de ostentación del gusto son alojamientos emulables, publicamos casas exquisitas sin mencionar su coste, con la actitud exclusiva de aquellas joyerías que omiten la etiqueta del precio como un vulgar asunto de dinero. Si la arquitectura ha suscrito un pacto fáustico con la moda y el lujo, en pocos teatros se representa ese acuerdo como en algunos recintos domésticos e indóciles, donde el humilde oficio de vivir ha sido suplantado por el arrogante empeño de asombrar. Nuestro último tango será en un piso vacío, y esperaremos la muerte en posición fetal, regresando al origen de la casa en el vientre.